martes, 23 de diciembre de 2008
Cumpleaños 2008
Desde hace meses había una idea recurrente, compartir con Isabel un paseo a esa montaña caraqueña increíble. Ese ha sido mi regalo de cumpleaños. Míguel y Milena nos regalaron la sillita e Isabel accedió acompañarme.
Comenzamos bien. Con el rabillo del ojo la podía ver, asomada al camino. Me detenía un momento y le preguntaba, ¿te gusta? Ella asentía moviendo su cabeza.
Para ser la primera vez, no estuvo mal. Se durmió a los cinco minutos de caminata ;-)
Llegamos hasta el puesto de guarda-parques de Sabas-Nieves. Cuarenta minutos, mi nuevo mejor tiempo con este handicap.
Descansamos veinte minutos. Tomamos agua y caminamos. No queríamos bajar, pero había nubes amenazadoras. A la vuelta Isabel observó atenta todo el camino que se perdió de subida.
martes, 11 de noviembre de 2008
Horno de leña: pan y pizza con huevas de lisa

Hoy en día, un domingo sí y uno no, cocinan el pan en el horno de leña. Como se hacía antes.
El pan dura aproximadamente las dos semanas, porque lo congelan. Es que tampoco hay que hacerlo todo como antes.
El día de la horneada ella prepara la masa del pan y él, la leña para hornear. La calentada del horno lleva aproximadamente una hora y hay que tomarla en cuenta en el tiempo de preparación de los panes. Así, con la leña pronta se escuchan los gritos que van y vienen del interior de la casa al horno.
-¿Enciendo?
-No. Todavía no.
-¿Enciendo?
-Sí. Enciende.
El fuego comienza a consumir la primera leña, palitos delgados que arden con gran velocidad.
-Esa es la mejor leña, la que arde bien y calienta rápido las paredes.
Pero no hay suficiente leña delgada, así que al poco tiempo van entrando palos más gruesos. Lentamente, las llamas los rodean, los abrazan y la combustión comienza a avanzar sobre ellos, levantando las llamas.
Es tiempo de tomar una copa y leer el periódico. Adentro, los panes van cogiendo forma y descansando en la tabla que los transportará hasta la boca del horno.
De vez en cuando, la llama va cediendo y una pausa en la lectura sirve para introducir más leña. La temperatura va cambiando el color de los ladrillos que forman la bóveda del horno. La sucesión de colores avanza, cayendo desde el cenit. Primero, rojos; luego, negros y finalmente, blancos.
-Cuando el blanco llegue hasta abajo, el horno está listo.
Cuando el color de la bóveda es el adecuado, retira las brasas y barre el piso. Conoce bien su pequeño horno. Sabe que el calor del piso no quemará el pan, pero la radiación de las paredes sí lo hará. Al principio el pan no deberá estar descubierto.
Dentro de la casa, la masa ha crecido y está lista. Comienza el viaje.
Siempre hay alguna idea de última hora, algún plato más es horneado. Es que calentar el horno da mucho trabajo como para desaprovecharlo, haciendo nada más que el pan.
Por ser una idea de última hora, nunca queda como se esperaba.
-La próxima vez lo hacemos mejor.
Unas huevas de lisa, compradas en la carretera de un viaje anterior, dan la excusa para convertir algo de la masa de uno de esos domingos en una pizza. Así que mientras afuera se calienta el horno, adentro las huevas de lisa, el aceite de oliva, la salsa de tomate, la mozzarella, el orégano, las aceitunas negras, las chistorras, el tomate seco, el pimentón y la cebolla conspiran sobre la masa. Resultado, óptimo.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Titiaros a 80 Km/h
En estas vacaciones ha concebido un proyecto para mostrar imágenes de Venezuela. Cuando él y las chicas suben a su carro durante un viaje largo, ajusta los parámetros de su cámara de forma tal que logre las mayores velocidad de obturación y profundidad de campo posibles. Una vez las chicas del asiento trasero están listas, salen.
Recorren la carretera calmados. Cuando algo les llama la atención, el fotógrafo dispara. Así, sin ver a través del objetivo. Al principio no existió siquiera un guión, apenas la intención de capturar alguna instantánea. Hoy en día la agenda es la misma. No saben que les llamará la atención antes de salir. Lo único establecido es que las imágenes registrarán su parte del dialogo con ese amigo que no vino.
Esta vez, el camino va por una hermosa carretera del estado Miranda. Al acercarse a un lugar poblado, la vera se puebla de tarantines con las ventas más variadas. Aquí le tocó el turno a estos típicos titiaros, que compraron en una ocasión y fotografiaron en otra.

Recorren la carretera calmados. Cuando algo les llama la atención, el fotógrafo dispara. Así, sin ver a través del objetivo. Al principio no existió siquiera un guión, apenas la intención de capturar alguna instantánea. Hoy en día la agenda es la misma. No saben que les llamará la atención antes de salir. Lo único establecido es que las imágenes registrarán su parte del dialogo con ese amigo que no vino.
Esta vez, el camino va por una hermosa carretera del estado Miranda. Al acercarse a un lugar poblado, la vera se puebla de tarantines con las ventas más variadas. Aquí le tocó el turno a estos típicos titiaros, que compraron en una ocasión y fotografiaron en otra.

¡Mira los titiaros! ¡Párate!
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domingo, 14 de septiembre de 2008
Pescaderos en la Vela
Luego de colocar los pescados en el peso, el vendedor lo sostuvo en alto para mostrarle la lectura. Ahora ha comenzado a limpiar las escamas. La chica aprovecha el momento para comentar cuanto le gustaría preparar alguna vez el pescado envuelto en hoja de plátano.


–Me imagino que debe quedar riquísimo.
El señor que lee el periódico a un lado del puesto de venta sonríe. –la imaginación es maravillosa – comenta.
–¿Por qué?
–Te lo imaginas riquísimo, porque te lo estás imaginando así. Mi negra, tú te lo imaginas como tú quieras – añade con una sonrisa.
La afirmación buscaba más el galanteo de aquel vendedor que quiere encantar a sus clientas, que filosofar. De inmediato se encienden las reacciones en los otros vendedores, que comienzan a bromear a costa del galán-filósofo atrevido.
–No le hagan caso – dice otro galán. –Ustedes saben que el ser humano desarrolla la capacidad de su mente hasta un 15%, ¿cierto? – Todos asienten expectantes – Bueno, tú tienes esa mente virguita, estás nuevecito pues – afirma entre las risas de compradores y vendedores.
La chica pregunta al vendedor que limpia el pescado y al bromista cómo reconocer la frescura, más allá del “examen del ojo”. Le explican que debe observar el color y el estado de las branquias y el vientre.
La limpieza de las vísceras vuelve a ocupar el centro de la atención. Un nuevo participante se preocupa por el fotógrafo.

–¿No estás grabando nada malo ahí?
–Esto es pura foto, amigo. Es un registro cultural – contesta el fotógrafo.
Mientras tanto los galanes han continuado sus bromas.
– Yo soy el más viejo aquí – dice el filósofo.
– Eso no es verdad. El más viejo es él – dice su rival refiriéndose al señor que está terminando de limpiar el pescado. Y agrega
–Ustedes saben que el arco iris es de colores, ¿cierto?. Pues él lo conoció en blanco y negro.
El chiste es viejo pero efectivo. Todos ríen.

La chica camina de regreso el boulevard playero de la Vela de Coro. A su lado van quedando atrás los kioscos que ofrecerán comida a los bañistas hacia las horas del mediodía. Ella vive frente al mar, así que rara vez come en los kioscos.
Cuando pasa al lado de la plaza La Antillana recapacita en su sensación de que, en contraste con el estilo del lado oriental de la costa, la comida del occidente no recogió tanto de los sabores traídos por los comerciantes de antaño. Algo que ella, con sangre oriental corriendo por sus venas, echa de menos.

Hoy preparará los pescados, cinco parguitos bien elegantes, al regreso de la playa.
La receta, muy simple. Un relleno de perejil y cilantro abundantes, cebolla picada fina, jugo de limón, ají dulce y ralladura de jengibre. Todas las cantidades, al gusto. Se envolverán en papel de aluminio y se llevarán a la parrilla.
Los acompañará con papas fritas, vino blanco y una buena charla.


–Me imagino que debe quedar riquísimo.
El señor que lee el periódico a un lado del puesto de venta sonríe. –la imaginación es maravillosa – comenta.
–¿Por qué?
–Te lo imaginas riquísimo, porque te lo estás imaginando así. Mi negra, tú te lo imaginas como tú quieras – añade con una sonrisa.
La afirmación buscaba más el galanteo de aquel vendedor que quiere encantar a sus clientas, que filosofar. De inmediato se encienden las reacciones en los otros vendedores, que comienzan a bromear a costa del galán-filósofo atrevido.
–No le hagan caso – dice otro galán. –Ustedes saben que el ser humano desarrolla la capacidad de su mente hasta un 15%, ¿cierto? – Todos asienten expectantes – Bueno, tú tienes esa mente virguita, estás nuevecito pues – afirma entre las risas de compradores y vendedores.
La chica pregunta al vendedor que limpia el pescado y al bromista cómo reconocer la frescura, más allá del “examen del ojo”. Le explican que debe observar el color y el estado de las branquias y el vientre.
La limpieza de las vísceras vuelve a ocupar el centro de la atención. Un nuevo participante se preocupa por el fotógrafo.

–¿No estás grabando nada malo ahí?
–Esto es pura foto, amigo. Es un registro cultural – contesta el fotógrafo.
Mientras tanto los galanes han continuado sus bromas.
– Yo soy el más viejo aquí – dice el filósofo.
– Eso no es verdad. El más viejo es él – dice su rival refiriéndose al señor que está terminando de limpiar el pescado. Y agrega
–Ustedes saben que el arco iris es de colores, ¿cierto?. Pues él lo conoció en blanco y negro.
El chiste es viejo pero efectivo. Todos ríen.

La chica camina de regreso el boulevard playero de la Vela de Coro. A su lado van quedando atrás los kioscos que ofrecerán comida a los bañistas hacia las horas del mediodía. Ella vive frente al mar, así que rara vez come en los kioscos.
Cuando pasa al lado de la plaza La Antillana recapacita en su sensación de que, en contraste con el estilo del lado oriental de la costa, la comida del occidente no recogió tanto de los sabores traídos por los comerciantes de antaño. Algo que ella, con sangre oriental corriendo por sus venas, echa de menos.

Hoy preparará los pescados, cinco parguitos bien elegantes, al regreso de la playa.
La receta, muy simple. Un relleno de perejil y cilantro abundantes, cebolla picada fina, jugo de limón, ají dulce y ralladura de jengibre. Todas las cantidades, al gusto. Se envolverán en papel de aluminio y se llevarán a la parrilla.
Los acompañará con papas fritas, vino blanco y una buena charla.
martes, 29 de julio de 2008
Cartele móvil
viernes, 23 de mayo de 2008
Chapita
A pesar del riesgo de que este blog se convierta en un obituario constante, hacemos referencia a la desaparición física de un conocidísimo habitante de los alrededores de la UCV.
El mensaje de la muerte de Carlos José Martínez ha llegado hoy en la tarde a nuestros buzones de correo. Quien escribe lo observó varias veces, caminando en zig-zag por la calle frente a la Facultad de Ciencias o dentro de la Universidad. Ese es Chapita, decían los Ucevitos de nacimiento. Si no esta pegado a la botella, está en el piso. Parecía un tipo tranquilo, la noticia nos ha sorprendido un poco.
Habíamos pensado copiar el estilo de esos blogs de mala calidad, que cortan y pegan material reciclado en sus entradas, insertando el texto del correo con la noticia. Sería una meta-copia, una copia de la costumbre de copiar. Antes de hacerlo decidimos hurgar la red y encontramos la fuente original. La noticia está aquí y aquí.
El mensaje de la muerte de Carlos José Martínez ha llegado hoy en la tarde a nuestros buzones de correo. Quien escribe lo observó varias veces, caminando en zig-zag por la calle frente a la Facultad de Ciencias o dentro de la Universidad. Ese es Chapita, decían los Ucevitos de nacimiento. Si no esta pegado a la botella, está en el piso. Parecía un tipo tranquilo, la noticia nos ha sorprendido un poco.
Habíamos pensado copiar el estilo de esos blogs de mala calidad, que cortan y pegan material reciclado en sus entradas, insertando el texto del correo con la noticia. Sería una meta-copia, una copia de la costumbre de copiar. Antes de hacerlo decidimos hurgar la red y encontramos la fuente original. La noticia está aquí y aquí.
viernes, 11 de abril de 2008
El ciclo de la arena y el reguetón
Durante un viaje a la playa, mis reflexiones me llevaron a preocuparme por el futuro de la arena en ella.
El mar, con sus olas, mueve y remueve la arena de las orillas. Cuando niño pensaba que el agua traía y se llevaba la arena en una forma tal que acababa dejándola en el mismo sitio. Es decir, rodando los cantos y nada más. Luego supe que esto no siempre es cierto. De hecho, hay lugares donde el mar quita arena y otros donde la deposita.
Sin embargo, había seguido tranquilo en aquel entonces. Si antes tenía que ver una playa promediada en el tiempo, en el nuevo modelo bastaba con pensar en el promedio de todas las playas en el tiempo. Unas ganaban, otras perdían.
En esta nueva reflexión, en este nuevo viaje, el asunto del balance de arena entre playas ya me pareció alarmante. La arena de la playa nos provee de eso, de la playa. Pero más aún, la playa es la frontera entre nuestra sólida tierra y el blando mar. Poco le importarán los promedios a aquel que ve la costa acercándose a su casa.
Imaginaba un mar depredador furioso comiéndose todo un continente. Imaginaba un mar arbitrario devorando un país. Lo imaginaba fabricando salidas al mar para Bolivia, Paraguay o Suiza. Dadas las circunstancias más que fabricando salidas, lo veía fabricando entradas.
Imaginaba a líderes populistas latinoamericanos acusando al mar de ser agente de los grandes imperios del poder político y económico, siguiendo órdenes al atentar contra la integridad territorial de los débiles para beneficiar a los fuertes.
Reflexionaba dentro de mi invención. El único imperio al que obedecería el mar, sería al marino. Y cualquier beneficio terrestre a costa de él sería fútil y pasajero. Algún día el mar podría dejar de respetar el promedio y devorarnos a todos, con las pujantes China e India incluidas. Tal vez eso ya estaba ocurriendo en aquel momento.
Entonces vi algo en aquella playa. Me sentí seguro y confiado. Había varios grupos de personas al lado de sus vehículos todo terreno, escuchando reguetón a todo volumen y, lo más importante, tomando cerveza en la orilla. Las botellas vacías se acumulaban por doquier y, por supuesto, muchas de ellas acababan rotas.
¡La arena de la playa es renovada por las botellas de vidrio rotas!
En aquel momento podría parecer exagerado, pero recordé otra visita a una playa donde había tantos vidrios rotos en la orilla que parecía toda hecha de ellos, que no tenía piedras. El paisaje era increíble, decorado con los tonos azules de las recientes botellas de cerveza ligera, añadidos a los tradicionales ámbar de la cerveza normal y verdes del 7up.
Entendí entonces que el indómito mar y los grupos de reguetoneros forman una pareja antagónica, que interactúa hasta lograr el equilibrio que hace posible la vida terrestre.
Desde la perspectiva de la humanidad hay algo más. Los reguetoneros son la primera línea de defensa de la integridad territorial en la línea costera. Una integridad territorial que no sólo debe entenderse como un concepto político, relativo a un país o región. Ellos son héroes de la humanidad enfrentada a la posibilidad de destrucción masiva que tiene del mar.
Los reguetoneros de playa están en un determinado país por accidente. En cualquier lugar que se encuentren defenderán su causa. Siempre en la medida que se les permita pisotear las tontas leyes ambientales y el egoísta derecho al descanso de los demás. Desde esta óptica renovada es menester agregar que estas leyes y ese derecho al descanso deben quedar automáticamente derogados.
No se puede decir que los reguetoneros de playa sean héroes silenciosos o callados. Sin embargo, ahora estoy seguro que el reguetón a todo volumen y los vehículos rústicos estacionados en la orilla de la playa son otras conductas que persiguen fines altruistas, con beneficios para toda la humanidad. Sólo debo averiguar cuáles son.
El mar, con sus olas, mueve y remueve la arena de las orillas. Cuando niño pensaba que el agua traía y se llevaba la arena en una forma tal que acababa dejándola en el mismo sitio. Es decir, rodando los cantos y nada más. Luego supe que esto no siempre es cierto. De hecho, hay lugares donde el mar quita arena y otros donde la deposita.
Sin embargo, había seguido tranquilo en aquel entonces. Si antes tenía que ver una playa promediada en el tiempo, en el nuevo modelo bastaba con pensar en el promedio de todas las playas en el tiempo. Unas ganaban, otras perdían.
En esta nueva reflexión, en este nuevo viaje, el asunto del balance de arena entre playas ya me pareció alarmante. La arena de la playa nos provee de eso, de la playa. Pero más aún, la playa es la frontera entre nuestra sólida tierra y el blando mar. Poco le importarán los promedios a aquel que ve la costa acercándose a su casa.
Imaginaba un mar depredador furioso comiéndose todo un continente. Imaginaba un mar arbitrario devorando un país. Lo imaginaba fabricando salidas al mar para Bolivia, Paraguay o Suiza. Dadas las circunstancias más que fabricando salidas, lo veía fabricando entradas.
Imaginaba a líderes populistas latinoamericanos acusando al mar de ser agente de los grandes imperios del poder político y económico, siguiendo órdenes al atentar contra la integridad territorial de los débiles para beneficiar a los fuertes.
Reflexionaba dentro de mi invención. El único imperio al que obedecería el mar, sería al marino. Y cualquier beneficio terrestre a costa de él sería fútil y pasajero. Algún día el mar podría dejar de respetar el promedio y devorarnos a todos, con las pujantes China e India incluidas. Tal vez eso ya estaba ocurriendo en aquel momento.
Entonces vi algo en aquella playa. Me sentí seguro y confiado. Había varios grupos de personas al lado de sus vehículos todo terreno, escuchando reguetón a todo volumen y, lo más importante, tomando cerveza en la orilla. Las botellas vacías se acumulaban por doquier y, por supuesto, muchas de ellas acababan rotas.
¡La arena de la playa es renovada por las botellas de vidrio rotas!
En aquel momento podría parecer exagerado, pero recordé otra visita a una playa donde había tantos vidrios rotos en la orilla que parecía toda hecha de ellos, que no tenía piedras. El paisaje era increíble, decorado con los tonos azules de las recientes botellas de cerveza ligera, añadidos a los tradicionales ámbar de la cerveza normal y verdes del 7up.
Entendí entonces que el indómito mar y los grupos de reguetoneros forman una pareja antagónica, que interactúa hasta lograr el equilibrio que hace posible la vida terrestre.
Desde la perspectiva de la humanidad hay algo más. Los reguetoneros son la primera línea de defensa de la integridad territorial en la línea costera. Una integridad territorial que no sólo debe entenderse como un concepto político, relativo a un país o región. Ellos son héroes de la humanidad enfrentada a la posibilidad de destrucción masiva que tiene del mar.
Los reguetoneros de playa están en un determinado país por accidente. En cualquier lugar que se encuentren defenderán su causa. Siempre en la medida que se les permita pisotear las tontas leyes ambientales y el egoísta derecho al descanso de los demás. Desde esta óptica renovada es menester agregar que estas leyes y ese derecho al descanso deben quedar automáticamente derogados.
No se puede decir que los reguetoneros de playa sean héroes silenciosos o callados. Sin embargo, ahora estoy seguro que el reguetón a todo volumen y los vehículos rústicos estacionados en la orilla de la playa son otras conductas que persiguen fines altruistas, con beneficios para toda la humanidad. Sólo debo averiguar cuáles son.
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