domingo, 26 de diciembre de 2010

Desidia

Gallina

Esta es una gallina que preparamos el día 23 de diciembre de 2010, acompañada con palitos de yuca frita.



Dorada en aceite de oliva y cocinada por dos horas con unos dientes de ajo y cebolla sofritos; media copa de vino; pimentón en polvo y pan molido.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Arroz pegao

¡Ah, mi blog! Tiempo sin hacerle un cariñito. Hemos estado en muchas cosas. Ya habrá tiempo de contar.

Por ahora, hoy he podido cocinar otra vez. Me he enfrentado a un arroz pegao, un risoto. Un risotto con hongos.

Aquí está:

lunes, 27 de septiembre de 2010

La autopista del Sur

Desde el domingo en la tarde me he sentido un poco mal. Había ido a votar en la mañana y decidí que me caía bien una siesta. Al levantarme, un poco adolorido por el malestar y por haber prolongado mucho el sueño, descubro un mensaje ya viejo en el teléfono. Me piden una crónica sobre mi experiencia en el acto de votación.

Son las 5:30, el mensaje tiene dos horas y yo ni siquiera tengo grabado el número. Con lo cual no sé quien me escribe, pero tengo mis sospechas. Hay gente que no toma a bien que no tengas su número grabado y yo soy un poco perezoso para hacerlo. Como necesito estar seguro de quién es, no me quiero arriesgar a ofender. Opto por preguntar. ¿A dónde lo envío?

Apenas mando el sms. Busco el correo del pana sospechoso, para verificar rápidamente. También rápidamente obtengo una respuesta inútil,

Hotmailll


No soy muy bueno para esas cosas. Aunque el proveedor coincide con el que yo tengo, veo que debo preguntar. En el último instante me llega la confirmación:

Por si acaso falla (...)
elpanaqueyopensaba@hotmail.com


Ok. He decidido que escribiría la crónica. Comienzo a teclear lo más rápido que puedo. Llega otro mensaje. Me recomienda que explique porqué mi vinculación de la salida a votar con La Autopista des Sur y que le ponga guaguancó al cuento.

Yo había publicado en mi twitter la foto del cuento que leía en la cola para votar. La Autopista del Sur de Cortázar. En realidad había una dosis de azar en la elección. Busqué un libro pequeño, que pudiera guardar en un bolsillo lateral de mi pantalón cuando no lo leyera. Al aparecer este, comenzando por el cuento en cuestión, y recordando mi temor a las colas de los centros de votación, me pareció el ideal.



Luego de escribir con el mayor guaguancó y rapidez posible. Entregué en la hora acordada (+ diez minutos que me perdonaron). Si hubiese sabido que el medio era argentino, MDZ online, hubiese usado un registro más neutro. Pero no lo sabía y así quedó. Lo reproduzco aquí:

btw: ya grabé el número :)


Mundo
26 de Septiembre de 2010 |21:12
La Autopista del Sur
por José Antonio López, en Caracas

Las 10 am. #26s aún no es TT en twitter, pero no voy a esperar más. Me armo de mi cédula, me despido de mi niña y salgo. Quiero salir, pero me detengo.

Un libro, necesito un libro para la cola. Debe ser pequeño y sabroso. Elijo una recopilación de cuentos de Cortázar. Allí está La Autopista del Sur. Me parece muy adecuado para la ocasión. Aún siento escalofríos al recordar la votación del referendo revocatorio de 2004 y sus nueve horas en cola. El cuento me ayudará a pasar el rato.

De nuevo me frustro al llegar a la puerta. Una cachucha, necesito una (mi única) cachucha. La consigo y salgo.

Hay bastante gente en la Av. Perimetral de San Antonio. Siempre me pregunto porqué todos los sanantoñeros la llamamos "perimetral", cuando va por el "medio de la mitad" de este pueblo devorado por urbanizaciones. Hay una cola más o menos en la calle y mucha gente camina por las aceras. Algunos muestran el dedo morao a los conocidos. Otros, sólo vienen con sus bolsas de supermercado. ¿Compras nerviosas atrasadas?

En el trayecto me consigo un amigo. Gente que sólo veo en elecciones. Es una dinámica que se me hace rara, pero así sucede. Hablamos del día, los panas, etc. Todo es rápido. Al final le pregunto si tardó mucho en la cola (mi mayor preocupación). Me dice que no. Cuando somos más específicos, descubro que no vota en mi centro, sino en el de enfrente. Sigo.

Llego a la cola. Es corta. La recorro hasta su afortunado primer lugar, donde están las listas. Un soldado del Plan República no me deja acercarme hasta las listas. Me dice que no pase. Que haga la cola y al llegar mi turno tendré tiempo de ver la lista antes de entrar al colegio. Me voy tranquilo al final.

La cola fuera transcurrió más rápido que el cuento de Cortázar. He llegado a los primeros lugares y observo como al mismo soldado regresando a todos los que se acercan, como hizo conmigo. Cuando estoy por entrar se arma una discusión entre dos personas que no quieren hacer la cola sin chequearse, porque no saben con certeza si les toca ese centro. La solución, un soldado de mayor rango va con las cédulas a la lista. El señor está. La señora no. Me pregunto cuál es la necesidad de hacer las cosas tan enredadas.

Soy uno de los elegidos y paso. Por si acaso me busco en la lista. Estoy ahí. Me apresuro a recuperar mi lugar en la fila. No hacía falta buscar mi mesa. La inefable captahuellas me lo dice. A mi lado descubro de nuevo a la señora que no estaba en la lista. La han buscado en el sistema y le indican que su centro es el otro. De donde ella venía.

Paso a la cola. Ya no leo mi cuento. Me dedico a observar lo que ocurre.

Pienso varias cosas. Las más recurrentes: ¿porqué los viejitos no son todos como mi papá? ¿Cuándo se van a dar cuenta que estas máquinas de lotería generan un cuello de botella?

Juego con mis llaves. Descubro que tengo una herramienta-llave en el llavero. Qué bolas, pienso. Recuerdo unas elecciones en los 90' en que tuve que dejar todo lo que traía en los bolsillos en un lugar reservado antes de entrar a mi mesa. Qué bien que eso haya cambiado. Pegamos una. Observo una señora con un gigantesco bolso pasando a votar.

He llegado a la máquina. Me lucí diciendo que sabía cómo votar. Yo siempre voto. Voté en las parlamentarias pasadas y en todas. También me lucí votando. Soy un experto. Mi dedo está morado. Salgo del centro a la calle asoleada.

miércoles, 25 de agosto de 2010

La sopaipilla cuadrada

Desde hace tiempo llevo conociendo detalles encantadores de la cocina chilena. El pastel de choclo y las sopaipillas figuran como mis favoritos. Contando los que puedo probar con regularidad en estas tierras, claro está.

Además, las sopaipillas son fáciles de hacer. Se cocina auyama hasta que esté blanda. Se hace un puré. Se agrega un poco de sal y matequilla. Se usa el puré como elemento líquido para amasar suficiente cantidad de harina leudante. Se aplana, se pincha y se fríe.

Yo le he puesto bicarbonato a la masa y el resultado ha sido explosivo.

Como no soy muy detallista, las he hecho cuadradas (rectangulares), o más bien irregulares. Y como no me gustan las cosas masuas, las he hecho delgadas, muuuy delgadas.

Así se ve mi interpretación:





lunes, 15 de febrero de 2010

Twitter y tráfico

¿Cómo sacar más provecho a twitter como lugar de consulta de tráfico?

Es un viernes cualquiera de noviembre. Son las seis de la tarde y tengo que ir en carro hasta el Centro Comercial los Chaguaramos. No estoy seguro, en plena temporada de beisbol, tal vez hoy haya un partido Caracas-Magallanes.

La diferencia entre el haber o el no haber puede traducirse en una hora más en mi carro, avanzando 10 metros cada minuto y soportando la impaciencia de los fanáticos, que sólo desean llegar al estacionamiento del estadio. Es un momento en el que quisiera obtener mejor información del twitter.

Twitter tiene un potencial extraordinario para mostrarnos información sobre un tema. Apenas el remitente debe marcar con # la palabra clave de su mensaje. Por ejemplo,

@dad Cola fuerte, sentido este en la #fcofajardo #franciscofajardo

Si no escribe más nada, interpretaremos que la hora corresponde a la del tweet. En caso contrario escribirá la hora:

@dad Cola fuerte sentido este en la #fcofajardo #franciscofajardo 4:30 pm

Si tiene información sobre la causa:

@dad Cola fuerte sentido este en la #fcofajardo #franciscofajardo tostoneros atravesados.

Si considera que alguien quiere saber dónde comprar unos tostones:

@dad Cola fuerte sentido este en la #fcofajardo #franciscofajardo #tostoneros atravesados.

La combinación # (símbolo hash en inglés) + palabra (tag = etiqueta) o un hashtag, permite al sistema encontrar los mensajes marcados con facilidad. Como ha señalado @fpmarin, no es conveniente inventar hashtags con acentos o guiones, tampoco ningún signo de puntuación. Usar una sola palabra es la opción correcta.

¿Cuál palabra usar?

Tanto para marcar como para buscar se recomienda el sentido común. Lo mejor es pensar un poco. Probar varias opciones, ver cual es la más popular y usar esa.

Espero que con el tiempo se consoliden (más aún) listas de hashtags comunes, que permitan estandarizar las búsquedas y la puesta de información.

En este punto pueden ayudar algunas direcciones especializadas. Pueden actuar reenviando la información, agregando el hashtag más conveniente.

Opino que los tweets de tráfico (y temas del tipo acontecimiento local y cotidiano) no deberían ser ReTweet-eados de manera alegre. Ocurre con frecuencia la hacer una búsqueda, que encontramos un solo mensaje repetido una decena de veces, dejando otra información disminuida. Obviamente, la situación cambia si podemos agregar más información u otra etiqueta.

jueves, 11 de febrero de 2010

Historia de la directora de mercadeo

Está un poco cansada. Hoy viene el señor del periódico para lo de la entrevista. Los de los periódicos pueden llegar a ser un fastidio con sus preguntas aleatorias. Sin ningún interés en saber lo que ella piensa. En lo que ella siente relevante. Ellos no saben lo que es relevante, pero lo reconocen cuando lo ven. Piensa que por eso disparan al azar. ¡Qué gran arrogancia! La noticia soy yo, piensa que pensarán.

Su caso es de los peores. Trabaja en una editorial. No es precisamente una fuente de tubazos. Así que espera la llegada de un señor apurado, que preferiría otra asignación, haciendo preguntas sin un plan claro, mirando a través de ella, o simplemente viendo su grabador.

Llega. El tema parece ser el mundo del libro digital. Es que se acaba de lanzar el ipad. Nadie parece recordar que el kindle existe hace algún tiempo ya. Es como si se acabase de inventar la mala costumbre de leer directo de una pantalla. Mientras se inicia la conversación, tiene tiempo de recordar a los de la compañía de la manzana. Esa gente si sabe de mercadeo. Ojalá la contrataran.

La conversación comienza bastante trivial. Va por el camino del libro digital y las editoriales. ¿Cómo están quedando allí?

¿Qué le va a decir? No saben si tienen un modelo de negocio para el mundo digital. Suena mal.

Decide salir del problema de la entrevista aceptando la invitación a hablar de la piratería. Su interlocutor también se ilumina. Claro, la gente se descarga los libros y nosotros tenemos muchas pérdidas.

El discurso del perdedor es justo lo que necesitaba el periódico. Ya no importa la nueva estructura de negocio. Nada servirá por culpa de ellos, ¡bien!

Hablan un poco de números. ¿De qué tamaño es la mordida? Cerca de diez mil títulos en castellano. Existen bibliotecas virtuales que mantienen todos esos libros para la descarga. Hay cosas como obras de los filósofos griegos.

Lo hizo. Le dijo lo de los griegos.

Aun cuando obras tan antiguas son de dominio público, algunas de sus traducciones no lo son. Y sí, a Platón le importan las traducciones.

Como es costumbre, el mundo anglo tiene más estadística. Luego de seguir de cerca el comportamiento de unos mil títulos, una firma especializada habría medido unas diez millones de descargas.

Ahora habla realmente emocionada. Sufre una especie de síndrome de Estocolmo. Colabora con su captor. Agrega que las copias descargadas ilegalmente representan perdidas por una cantidad cercana 10% del mercado. Sólo omite que ese 10% no existe, puesto que los libros descargados no se vendieron nunca y probablemente en condiciones normales, sin la oportunidad de descargarlos, se venderían muy pocos.

Para rematar ahora comenta que se debe agregar más valor. Que la gente no descargará la obra pirata, si se le ofrecen regalos adicionales en el producto.

En realidad ella no cree que sea la mejor idea. Siempre ha pensado que las ganancias son más importantes que la cuota de mercado, pero ya no puede parar.

Termina especulando como una buena edición en papel puede evitar que los libros fotocopiados se sigan vendiendo en las calles de algunos países. De nuevo, como si una mejor edición hará que alguien que gana 500 algos al mes, paga 130 por una habitación y otros 130 por la comida, deje de comprar la fotocopia de 10 algos para comprar el original de 20 algos, sólo para recibir un regalo.

lunes, 1 de febrero de 2010

Afilando cuchillos

Hace una semana llegó al fin la piedra de afilar:


La aventura comenzó tras una búsqueda, hace cerca de un año ya, sobre la técnica correcta para afilar un cuchillo. No, en realidad la aventura comenzó antes, cuando Alejandro Romanelli, mi compañero de oficina durante la primavera boreal del 2007, explicaba en pocas palabras, una chaira no afila. Sólo asienta el filo.

Quedé tan extrañado por aquello, que no acerté a preguntarle como afilaba sus cuchillos para las parrilladas de su Uruguay natal. Y como estaba yo en la búsqueda de unos cuchillos de buena calidad para mi casa, compré una chaira.

Cuando no haya más filo que asentar, ya debo haber resuelto el problema de afilar.

Y así ha sido. En esto de la técnica para afilar un cuchillo, mi profesor favorito es Grocery Guy y su fabuloso corto al respecto, hecho en colaboración con André Sala.

He seguido sus instrucciones lo más fielmente posible. La piedra, comprada en internet. Se moja bien (yo la dejé sumergida un día entero) y se dispone en una superficie firme.


Manteniendo la hoja del cuchillo a un ángulo constante, se desliza por la piedra suavemente, dejando que la piedra y el agua hagan el trabajo.


Nos recuerda, usa unos cuchillos baratos para aprender la técnica. Creo que mejoraré. Hay un detalle que no resolví viendo la clase de este Guy, ¿cómo tratar las curvas del filo? Él afila un cuchillo de borde recto.

A manera de primera solución, decidí comenzar a deslizar desde la punta, cambiando la zona de contacto hoja-piedra al avanzar y manteniendo un dedo como pivote.


Insisto, creo que mejoraré.

sábado, 23 de enero de 2010

La empanada perfecta

Hace ya bastante tiempo queríamos escribir algo sobre las empanadas. La idea, muy simple. Los elementos de una empanada perfecta.

La cosa siempre se torna complicada. Una lista de atributos de la perfección debe ser, a su vez, perfecta. Así estamos jodidos. No se escribe más nada, más nunca.

Si bien, podemos relajar la idea de perfección del trabajo titulando "condiciones necesarias para una empanada perfecta", la lista y el trabajo tras ella seguirá siendo enorme. Además, pensamos que precisiones de ese tipo, aunque la hemos copiado del lenguaje lógico de los matemáticos, nos recuerdan demasiado al lenguaje de los juristas. Y, prejuicio del autor, cuando llegan los abogados; las cosas dejan de ser divertidas.

Así que seremos más relajados. Hablemos de la empanada perfecta de una forma imperfecta y poco exhaustiva. Destacamos tres aspectos básicos:
  1. La masa
  2. El relleno
  3. La temperatura
La masa de una empanada es el primer elemento a considerar. No importa de qué empanada estemos hablando. Para ser tal, debe estar rodeada de masa. En términos generales, la masa debe ser suave pero crocante. Por otro lado, una masa excelente debe ser como ese buen alcalde; que nadie en la ciudad lo recuerda a diario. Precisamente porque la cuidad marcha bien. La masa debe ser breve y no mezclarse con el relleno.

La paradoja de la masa, siendo prácticamente la responsable del producto, su presencia es un casi. Y sin embargo, la calidad de su preparación tiene un peso importante en el valor del producto terminado.

¿Qué vamos a decir del relleno?, obviamente tiene que ser de buena calidad. Consideramos además que los rellenos de humedad intermedia son preferibles a aquellos inaceptablemente secos o demasiado jugosos. El líquido chorreando por el brazo del comensal, o enchumbando la masa y arruinándola a cada mordida; no son elementos de una degustación placentera. Sabemos que no sólo se disfruta la comida con la lengua. También es importante poder comer, ya sea sentados o de pie, sin acabar con las servilletas limpias nuestras y de los vecinos y/o haciendo reverencias para no anegar nuestra ropa.

No debe sorprender que asignemos un rol importante a la temperatura. Una empanada recién salida del horno o la sartén es el peor castigo que se le hace a un hambriento comensal, que desde entonces pasa a convertirse en paciente, esperando dar un mordisco que no ponga en riesgo su integridad física.

O su integridad moral, como le ocurrió a aquel venezolano que luego de sufrir crueles quemaduras a manos de unas hirvientes empanadas chilenas; la emprendería contra ellas, destrozándolas con el servicio antes de comerlas. Los huéspedes, que miraban entre extrañados y divertidos; pensarían, las empanadas no se comen así.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Que no haiga nada más en el diccionario no es excusa.

Llevamos meses, si no años, surfeando la red en busca de una explicación satisfactoria sobre el origen de la palabra "haiga". Hemos visto como las publicaciones al respecto mejoran lentamente con el tiempo. Antes que nada, unas observaciones breves sobre la evolución.

La primera vez que hicimos la búsqueda, flotaron en los resultados foros de dudas sobre el idioma. Dos cosas llamaron nuestra atención. Primera, una gran cantidad de personas de habla inglesa participaba en los foros, no sólo preguntando, sino respondiendo lo que, en su humilde opinión, significaba la palabra haiga. La segunda, los participantes hispanoamericanos, siendo de una gran cantidad de regiones, siempre señalaban que haiga era un vulgarismo rural de su país, usado en lugar de haya, conjugación de haber para la primera y tercera persona del singular, en el presente subjuntivo. Hay que sacar de la cuenta a una buena cantidad de españoles, que coincidiendo con los anglos, señalaban que haiga es un automóvil muy grande y ostentoso.

Hoy mismo ha sido la última búsqueda. Como decíamos al principio, hay una evolución interesante. En el camino hemos visto aparecer la versión en línea del diccionario prehispánico de dudas, de gran ayuda a quien quiera leer toda la entrada correspondiente al verbo haber. Además, hoy nos hemos encontrado a flote la página wikilengua del castellano. He allí el regreso del haiga-automóvil, ¡uf!

Quienes señalan el significado como un automóvil, siempre han hecho mención a algún diccionario como el DRAE. Lamentablemente este es un caso donde tal iniciativa se muestra inadecuada. Puesto que en algún momento el diccionario dio un protagonismo especial a un significado local, de España; la dimensión completa del origen de esta palabra quedó oculto. Lo consideramos un error, que debería ser corregido. En ese sentido wikilengua (consultada hoy) sí reconoce que el sustantivo haiga es un españolismo.

Por otro lado, pocos parecen notar que ese haiga del verbo haber aparece en regiones rurales de todos los países hispano-parlantes. Por lo tanto, es de esperar que tenga un origen arcaico común, y no sea tanto algún tipo de deformación inculta. La diferencia sería que en las zonas rurales se ha seguido hablando igual durante siglos, mientras que en las zonas urbanas ha ocurrido un cambio conjunto, sin importar que haigan ;-) quedado islas culturales donde el habla ha permanecido invariable.

Ángel Rosenblat dedicó varios comentarios a la palabra haiga en su extraordinario Estudio sobre el habla de Venezuela. Buenas y malas palabras. Queremos piratear-citar algunas de sus palabras aquí.

En su ensayo "¿Papa o patata?", original de 1952 escribía:

"Unidad y variedad son dos fuerzas permanentes en la vida de una lengua. Unidad sobre todo en lo morfológico y sintáctico, es decir, unidad gramatical: la lengua culta a adoptado haya, mismo y traje, y rechaza como rústicos haiga mesmo y truje, aunque los los usara Cervantes y todo el Siglo de Oro"


Cuando se pregunta "¿De pie o de pies?", en el mismo año 1952, leemos:

"En el terreno gramatical, cuando existen dos formas se tiende hoy a considerar una de ellas como incorrecta: haiga era en la época clásica tan legítimo como haya (se apoyaba además en la analogía con caiga y traiga), y hoy es evidente vulgarismo".


Por último, en su "Defensa del habla venezolana", publicada 1953, encontramos:

"En los campos de Venezuela todavía se dice haiga, truje, semos, vide, mesmo, asina o ansina, dende, manque, agora, endenantes o enantes, cuasi, etc., como en la buena literatura del Siglo de Oro, ¿y no parece pura arbitrariedad considerar malas unas formas tan bien conservadas sólo porque la lengua general ha sido infiel a ellas? He aquí que lo rústico consiste en la fidelidad al Siglo de Oro."


Una cosa nos recuerda siempre Rosenblat: sin desmerecer al habla culta, el acercamiento al habla rural, plagada de vulgarismos, debe ser respetuoso. Ese campesino que dice haiga o mesmo no está a la moda, pero está usando las mismas palabras que habría usado El Manco de Lepanto.

sábado, 7 de noviembre de 2009

¿Q.S.LL.M.Q?



Nunca ha querido excusarse. Fue un pequeño delito y siempre lo vio de esa manera. La oportunidad de probar aquel queso fuerte, que había madurado (eufemismo para pudrirse) en una cueva, no se daba todos los días. Y ya con el queso en mano, los días seguían pasando.

Entonces había tenido que hacerlo. Tras buscar los últimos souvenirs, jamón serrano y embutidos, guardados en la nevera; les siguió la huella aquel pedazo de queso que descansaba a un costado, un poco olvidado. Todos los fríos se irían a mezclar entre la ropa de la maleta, para protagonizar ese otro pequeño delito, el contrabando internacional de sabores y olores. Mejor dicho: el contrabando de placeres de un viaje.

Ya en casa, el queso descansaría otros días en una nevera diferente. Muchas dudas venían a su mente. Una vez roto el envoltorio plástico, que había salvado las pertenencias de la familia de aquel olor inefable, habría que darse a la tarea de consumirlo en un tiempo razonablemente corto. La abundancia de fuerza y sabor contra la escasez de bocas, podían hacer difícil la tarea.

Transcurrirían dos meses de espera y se atrevió seguir la idea de ella. Un frasco esterilizado, un aceite de oliva de buena calidad y el queso abandonaría la nevera para ocupar un lugar digno en la despensa de la cocina.



Desde entonces está allí. Cada vez menos, porque se acaba. El queso y el aceite aromatizado han hecho buena compañía de varios platos de pasta. Han pasado dos meses desde su salida "de la nevera" y el cabrales en aceite no hace sino mejorar.



El pequeño crimen había valido la pena. Él se había llevado el queso.

La receta, muy simple. Una variación de lo que se ve en la red:

70 g de queso cabrales
50 g de mantequilla
100 cc de nata o crema de leche

Sal y pimienta

Se junta todo en la sartén hasta formar una salsa homogénea. Cuando la pasta está lista se mezcla con la salsa en la sartén hasta que se integre bien.

Usando 250 g de fettuccini, se obtienen dos raciones generosas.

domingo, 4 de octubre de 2009

Rancho con directv


Este paisaje venezolano no es infrecuente. No por ello lo omitiremos. Podría decirse que ha sido una larga espera hasta que haya aparecido aquí la segunda entrega de Venezuela a 80 km/h.

Primero lo primero. En Venezuela las viviendas autoconstruidas, por la gente más humilde, muchas veces en terrenos robados, se denominan ranchos. Una agrupación de ranchos; un pueblito pobre; una favela, como dirían en otros lados; un "shanty town", como dicen los anglos; se denomina barrio.

Quien va de turista por una ciudad venezolana, siempre debe tener cuidado de no perderse y quedar metido en un barrio. Son lugares peligrosos.

Rancho puede ser sinónimo de miseria y marginalidad económica. Suelen estar en lugares de difícil acceso. El agua corriente y la electricidad no siempre son constantes. Casi siempre son robadas. El gas directo es muy raro y hay donde se llega al extremo de cocinar con leña. Un rancho es un lugar donde la vida es costosa en términos de tiempo y dedicación.

Quien vive en un rancho, en un barrio, es parte de una dinámica comunal a la que es difícil escapar. En los barrios los vecinos forman familias donde todos dependen de uno. Y uno depende de todos. La solidaridad es el concepto clave que muchos coincidirían en rescatar como el valor más alto de la gente del barrio. Así que rancho también puede ser sinónimo de esfuerzo y determinación. Y barrio, de orgullo.

Llevar el rancho (o el barrio) en la cabeza es una expresión despectiva, que puede significar la actitud de una persona que muestra una educación urbana limitada. Es alguien que tira la basura o escupe en el suelo. O alguien incapaz de esperar su turno en una cola.

También lleva el rancho en la cabeza la persona de pobres recursos que privilegia gustos como ropa cara o línea marrón de lujo, frente a necesidades como buena comida o vivienda. En un giro sutil, se puede referir a aquella persona que desperdicia su esfuerzo, haciendo algo que ya está hecho y que no es tan costoso después de todo.

Siempre hay que decir, en defensa de los habitantes del barrio, que el directv es bastante más accesible que una casa. ¡Y cómo puede hacer falta!

miércoles, 29 de julio de 2009

Los loquitos

Justo al entrar accede la cola de la caja. El local está lleno de gente que, asomada al mostrador, pide pan, jugo o café. Detrás del vidrio se ven las bandejas de pan dulce, de guayaba, etc. Una que otra abeja perdida liba el azúcar de los dulces, improvisadas flores urbanas. Es lo que hay.

Antes de llegar ha meditado sobre ese café de mediodía. ¿Dónde ir a tomarlo?. Las opciones son pocas y malas. Al final, casi siempre termina allí, en el lugar más cercano. Resignado, ha tratado de comprender las cosas. La gente de la zona no aprecia el café del mismo modo que él. Eso es todo.

La cola tuerce dentro del local hacia una de las dos cajas, la única que se encuentra abierta. Las cajas están dispuestas de manera contigua. Cada una limita su espacio mediante unos separadores de vidrio. La caja en funcionamiento es la más expuesta al público. La mesa donde se intercambian el dinero, las facturas y el vuelto es totalmente accesible y algunos clientes se inclinan sobre ella para escuchar mejor o señalar algún producto de manera más precisa. La otra caja está más cerca de la entrada y el acceso del cliente está restringido por esos frontales de vidrio, con un agujero más alto para hablar y otro al borde de la mesa para intercambiar. En la caja cerrada hay un vidrio adicional, puesto desde adentro, que tapa los agujeros y acentúa su condición de clausura.

El rostro hastiado de la señora que atiende, sentada tras el vidrio, es reflejo perfecto de la atmósfera agobiante de la calle exterior y del local mismo. Él siempre reflexiona sobre cómo esa panadería cambia el perfil de las cajeras. Comienzan delgadas, elegantes. Inevitablemente sus carnes crecen alimentadas por la inmovilidad de la silla y los descansos aderezados con las milhojas de la casa, único momento en que no estará viendo la interminable fila de clientes frente a ella. Prefiere pensar en otra cosa. Piensa, por ejemplo, que el vidrio de la otra caja protege las chupetas y los chicles de la mano traviesa de algún visitante.

Ha avanzado un poco y ya no es el último de la cola. Con el rabillo del ojo percibe a un niño de unos cinco años, que atrae su atención. Escucha, pero sólo ve parcialmente a la madre del niño, que entra en el local, unas dos personas detrás de él. Lleva otro pequeño en brazos. Es imposible no fijarse en el imberbe, que va de un lado al otro, colándose entre las piernas de los clientes. Lleva un monstrito de plástico en la mano y va uniformado como los Lakers. Se detiene frente al vidrio de la caja cerrada y trata de moverlo para tomar algo. No puede. Da una vuelta y lo intenta nuevamente sin éxito. Siente que la madre también observa a su hijo, sin hacer mucho caso a la conducta del pequeño. Siente algo parecido a la indignación. No sabe que pensar ahora.

Otra persona entra en la panadería con un andar frenético. Es una chica joven con una niña de unos dos años en brazos. "¿Me puedes brindar medio litro de chicha para la niña?", va preguntando a la gente de la cola. Ahora le ha alcanzado. La observa. La manera de cargar la niña. La forma de estar parada, un poco inclinada, balanceando su peso con el de ella. La expresión en su rostro cuando le repite a él la pregunta. Todo denota cierto apuro y desdén, anticipando además la frustración que producirá la respuesta. Luce cansada de pedir.

Por otro lado, su pelo, su ropa y la de la niña no transmiten una pobreza evidente. Considera que la frustración viene más de la falta de experiencia que del fracaso corriente. Siempre ha pensado que no plegarse a ese tipo de pedido, es de hecho la mejor ayuda. El detalle burdo de justificar la mendicidad con la hija agrega una gota de indignación más. Mete a las dos madres en el mismo saco. Se niega con cierta amargura. Voltea su mirada al frente de la cola. Es su turno. "Hola, un café pequeño".

Se dirige al mostrador con el tique en la mano. Espera que el maese del café le hable primero. "Un marrón pequeño, por favor". Ahora recuerda que llama a esa La Panadería de los Loquitos. Es que tanto la pésima calidad de sus productos como sus muy frecuentes clientes, los mendigos harapientos de la zona en busca de caridad, forman un dúo tristemente armonioso. Recibe el café y recorre con la mirada el entorno cercano. No se puede negar que ese es el mejor activo del lugar, la amplia acera donde se encuentra el local y el amplio andén central de la avenida, poblado de árboles. El día está caliente. Decide cruzar media avenida hasta la sombra de los bancos del andén.

Pasa la lado de la familia mendicante. Se han sentado en las escaleras que bajan del local de la panadería hasta la calle. Tienen un cochecito bastante grande. El chico había permanecido afuera cuidándolo, mientras la chica pedía dentro. Tienen un litro de chicha. La jornada ha dado resultados más allá de lo planteado, piensa. Sospecha que compartirán la chicha sentados en la escalera. Luego de cruzar a su lado, recuerda la historia de una amiga de la época de estudiantes. Se jactaba de vivir sin dinero. Una vez le relató como se había ido a uno de los bares de moda entre los universitarios, pidió durante no mucho tiempo y se compró una "carterita" de "canelita". Ese aguardiente aromatizado con canela, tan típico de las plazas de algunos pueblos. Se sentó en la entrada del local a beberlo.

Siempre le asombraba como una persona cercana roza el mundo de la mendicidad. Su amiga no tenía ninguna necesidad de pedir. Sin embargo, lo hacía por una especie de razón ideológica, según el muy elaborado discurso que le justificaba. En ese momento ve a su amiga convertida en familia; padre, madre y prole. El tiempo transcurrido, aunque exagerado, agrega naturalidad a la transición.

Ahora está sentado bajo una buena sombra y toma el café. A ratos observa como padre y madre comparten la chicha, tomando directamente del cartón. Le dará la teta a la niña más tarde, piensa. Todo aquel malestar no tiene sentido. Quiere sacudirse todas esas cavilaciones. Se levanta para regresar a la oficina, dejando atrás todo aquello. Sólo entonces puede observar los árboles del paseo. Por fin lucen las hojas nuevas, signo que la temporada lluviosa ha llegado al fin. Mientras camina piensa en el nuevo verde que viste los lados del bulevar. Piensa en lo que ese color le hace sentir, en su significado heráldico.

sábado, 23 de mayo de 2009

Mermelada de naranja amarga

Desde hace algún tiempo estaba aprendiendo a conservar la comida, recuperando algo de ese conocimiento sencillo, que perdemos en la especialización moderna.

Comenzó intentando con recetas saladas, cosas con aceite de oliva, vinagre y etc. Sólo después de un año se atrevió al dulce y acompañó a su madre haciendo su famosa jalea de mango.

Otro medio año más adelante descubrió aquel naranjo que nació solo en la granja y que nadie cortó, por ser muy bonito; y cuyas naranjas nadie comió, por ser muy amargas. Bueno, descubrió que esas naranjas servirían para hacer una mermelada digna.

Confió en buscar una receta en la red. Con un poco de suerte sabría separar la mejor de entre aquellas que se escriben para salir del paso. No hubo dudas, la receta de tejedora sería la elegida. Sólo merece ser agregado el detalle más importante para él, la preparación completa dura cinco días. ¿Habrá una forma más digna de tratar a una naranja?

El resultado fue sublime. Su color de caramelo, su untuosidad que le hace parecer miel y la textura de los tropezones de cáscara confitada han hecho que valga la pena esperar los cinco días de preparación.



Y no es tan amarga...

lunes, 18 de mayo de 2009

Un día perfecto


Después de no tener nada importante que decir-escribir en meses, he tenido un día perfecto. En realidad, un día casi perfecto.

Luego de manejar sin tráfico hasta la casa, encontramos un día soleado, pero con la humedad atmosférica del inicio de la temporada lluviosa. Los montes van verdeando y llenándose de los colores de esta primavera tropical. Las flores de abril en los bucares han cedido el lugar a los apamates acacias y araguaneyes.




En la casa los árboles de mango comienzan a cargar su cosecha, los dulces de injerto y los ácidos realengos, buenos para la jalea. El naranjo amargo muestra con orgullo sus frutos intocables.





En la comida hemos disfrutado del pan de corteza dura recién hecho, simplemente perfecto.

martes, 23 de diciembre de 2008

Cumpleaños 2008


Quedamos un poco despeinados en la foto, es que nos estábamos arreglando


Desde hace meses había una idea recurrente, compartir con Isabel un paseo a esa montaña caraqueña increíble. Ese ha sido mi regalo de cumpleaños. Míguel y Milena nos regalaron la sillita e Isabel accedió acompañarme.

Comenzamos bien. Con el rabillo del ojo la podía ver, asomada al camino. Me detenía un momento y le preguntaba, ¿te gusta? Ella asentía moviendo su cabeza.

Para ser la primera vez, no estuvo mal. Se durmió a los cinco minutos de caminata ;-)

Llegamos hasta el puesto de guarda-parques de Sabas-Nieves. Cuarenta minutos, mi nuevo mejor tiempo con este handicap.

Descansamos veinte minutos. Tomamos agua y caminamos. No queríamos bajar, pero había nubes amenazadoras. A la vuelta Isabel observó atenta todo el camino que se perdió de subida.

martes, 11 de noviembre de 2008

Horno de leña: pan y pizza con huevas de lisa


Hoy en día, un domingo sí y uno no, cocinan el pan en el horno de leña. Como se hacía antes.

El pan dura aproximadamente las dos semanas, porque lo congelan. Es que tampoco hay que hacerlo todo como
antes.

El día de la horneada ella prepara la masa del pan y él, la leña para hornear. La calentada del horno lleva aproximadamente una hora y hay que tomarla en cuenta en el tiempo de preparación de los panes. Así, con la leña pronta se escuchan los gritos que van y vienen del interior de la casa al horno.

-
¿Enciendo?
-No. Todavía no.

-
¿Enciendo?
-Sí. Enciende.

El fuego comienza a consumir la primera leña, palitos delgados que arden con gran velocidad.

-
Esa es la mejor leña, la que arde bien y calienta rápido las paredes.

Pero no hay suficiente leña delgada, así que al poco tiempo van entrando palos más gruesos. Lentamente, las llamas los rodean, los abrazan y la combustión comienza a avanzar sobre ellos, levantando las llamas.

Es tiempo de tomar una copa y leer el periódico. Adentro, los panes van cogiendo forma y descansando en la tabla que los transportará hasta la boca del horno.

De vez en cuando, la llama va cediendo y una pausa en la lectura sirve para introducir más leña. La temperatura va cambiando el color de los ladrillos que forman la bóveda del horno. La sucesión de colores avanza, cayendo desde el cenit. Primero, rojos; luego, negros y finalmente, blancos.

-Cuando el blanco llegue hasta abajo, el horno está listo.

Cuando el color de la bóveda es el adecuado, retira las brasas y barre el piso. Conoce bien su pequeño horno. Sabe que el calor del piso no quemará el pan, pero la radiación de las paredes sí lo hará. Al principio el pan no deberá estar descubierto.

Dentro de la casa, la masa ha crecido y está lista. Comienza el viaje.

Siempre hay alguna idea de última hora, algún plato más es horneado. Es que calentar el horno da mucho trabajo como para desaprovecharlo, haciendo nada más que el pan.

Por ser una idea de última hora, nunca queda como se esperaba.

-La próxima vez lo hacemos mejor.

Unas huevas de lisa, compradas en la carretera de un viaje anterior, dan la excusa para convertir algo de la masa de uno de esos domingos en una pizza. Así que mientras afuera se calienta el horno, adentro las huevas de lisa, el aceite de oliva, la salsa de tomate, la mozzarella, el orégano, las aceitunas negras, las chistorras, el tomate seco, el pimentón y la cebolla conspiran sobre la masa. Resultado, óptimo.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Titiaros a 80 Km/h

En estas vacaciones ha concebido un proyecto para mostrar imágenes de Venezuela. Cuando él y las chicas suben a su carro durante un viaje largo, ajusta los parámetros de su cámara de forma tal que logre las mayores velocidad de obturación y profundidad de campo posibles. Una vez las chicas del asiento trasero están listas, salen.

Recorren la carretera calmados. Cuando algo les llama la atención, el fotógrafo dispara. Así, sin ver a través del objetivo. Al principio no existió siquiera un guión, apenas la intención de capturar alguna instantánea. Hoy en día la agenda es la misma. No saben que les llamará la atención antes de salir. Lo único establecido es que las imágenes registrarán su parte del dialogo con ese amigo que no vino.

Esta vez, el camino va por una hermosa carretera del estado Miranda. Al acercarse a un lugar poblado, la vera se puebla de tarantines con las ventas más variadas. Aquí le tocó el turno a estos típicos titiaros, que compraron en una ocasión y fotografiaron en otra.


¡Mira los titiaros! ¡Párate!

domingo, 14 de septiembre de 2008

Pescaderos en la Vela

Luego de colocar los pescados en el peso, el vendedor lo sostuvo en alto para mostrarle la lectura. Ahora ha comenzado a limpiar las escamas. La chica aprovecha el momento para comentar cuanto le gustaría preparar alguna vez el pescado envuelto en hoja de plátano.








–Me imagino que debe quedar riquísimo.

El señor que lee el periódico a un lado del puesto de venta sonríe. –la imaginación es maravillosa – comenta.

–¿Por qué?
–Te lo imaginas riquísimo, porque te lo estás imaginando así. Mi negra, tú te lo imaginas como tú quieras – añade con una sonrisa.

La afirmación buscaba más el galanteo de aquel vendedor que quiere encantar a sus clientas, que filosofar. De inmediato se encienden las reacciones en los otros vendedores, que comienzan a bromear a costa del galán-filósofo atrevido.

–No le hagan caso – dice otro galán. –Ustedes saben que el ser humano desarrolla la capacidad de su mente hasta un 15%, ¿cierto? – Todos asienten expectantes – Bueno, tú tienes esa mente virguita, estás nuevecito pues – afirma entre las risas de compradores y vendedores.

La chica pregunta al vendedor que limpia el pescado y al bromista cómo reconocer la frescura, más allá del “examen del ojo”. Le explican que debe observar el color y el estado de las branquias y el vientre.

La limpieza de las vísceras vuelve a ocupar el centro de la atención. Un nuevo participante se preocupa por el fotógrafo.



–¿No estás grabando nada malo ahí?
–Esto es pura foto, amigo. Es un registro cultural – contesta el fotógrafo.

Mientras tanto los galanes han continuado sus bromas.

– Yo soy el más viejo aquí – dice el filósofo.
– Eso no es verdad. El más viejo es él – dice su rival refiriéndose al señor que está terminando de limpiar el pescado. Y agrega
–Ustedes saben que el arco iris es de colores, ¿cierto?. Pues él lo conoció en blanco y negro.

El chiste es viejo pero efectivo. Todos ríen.




La chica camina de regreso el boulevard playero de la Vela de Coro. A su lado van quedando atrás los kioscos que ofrecerán comida a los bañistas hacia las horas del mediodía. Ella vive frente al mar, así que rara vez come en los kioscos.


Cuando pasa al lado de la plaza La Antillana recapacita en su sensación de que, en contraste con el estilo del lado oriental de la costa, la comida del occidente no recogió tanto de los sabores traídos por los comerciantes de antaño. Algo que ella, con sangre oriental corriendo por sus venas, echa de menos.




Hoy preparará los pescados, cinco parguitos bien elegantes, al regreso de la playa.

La receta, muy simple. Un relleno de perejil y cilantro abundantes, cebolla picada fina, jugo de limón, ají dulce y ralladura de jengibre. Todas las cantidades, al gusto. Se envolverán en papel de aluminio y se llevarán a la parrilla.

Los acompañará con papas fritas, vino blanco y una buena charla.

martes, 29 de julio de 2008

Cartele móvil

Sigo con flojera de escribir. Apenas compartiré una imagen. Roxana y yo la pudimos atrapar, antes que se perdiera entre la marea de carros tratando de entrar a Caracas esa mañana.